TANZANIA | NGORONGORO Y SERENGUETI

Cuando compartes con desconocidos momentos de gran esfuerzo, sufrimiento o peligro, aunque sean efímeras horas, sus caras y nombres quedan grabados en la mente y retina más tiempo que las del compañero de trabajo, el primo segundo, el amigo de conveniencia o policía de barrio que has visto de refilón durante años. No he ido a la guerra, pero ahora entiendo el dicho de que no hay lazos de amistad más sólidos y duraderos que los que se tejen entre compañeros de pelotón, o de tragedia.

Tras despedirme de los socios de ascensión descansé un par de días en Moshi y, recuperado, tomé un autobús a Arusha, que me engullió como un Leviatán ruidoso y contaminado. Deambulando sin rumbo por la calle conocí, no recuerdo como, a Evans, Fia y Shariffa, naturales de Arusha. Estuvimos charlando toda la tarde en un salón de té repleto de gente local, sin ventanas y atendido por dos camareros de sucias chaquetillas blancas que caminaban arrastrando las chancletas. Mis nuevos amigos tanzanos me llevaron de sábado noche a bailar los ritmos africanos. En algún momento pensé que me movía al son de una cumbia o un vallenato. De hecho, el DJ pinchó bastante salsa caribeña. Al día siguiente me invitaron a almorzar en su humilde vivienda en los desangelados suburbios, carente de corriente eléctrica, levantada con tablones de madera deslavazados y chapa, rodeada por basura y encharcadas calles sin asfaltar.

Cuando me informé sobre los escandalosos precios de los safaris fotográficos organizados (más de ochenta euros por día y persona) decidí arriesgarme y visitar estos fabulosos parques de la manera más barata posible. Casualmente coincidí con las escasas semanas al año en que se producen las grandes migraciones: entre noviembre y diciembre millones de cuadrúpedos se desplazan desde el parque Masai Mara en Kenia hasta Tanzania. Aquí encuentran abundante agua y alimento y cazan en las extensas llanuras de Serengeti o pastan plácidamente en el fértil cráter de Ngorongoro.

Tomé un autobús público desde Arusha a Karatu, cerca del cráter. En teoría, sólo cinco horas por carreteras enfangadas. El vehículo contaba con sesenta plazas sentadas, pero según el chofer éramos ciento diez, ya que cincuenta se aplastaban de pie en los pasillos. Era el único blanco y me miraban con curiosidad. Viajaban dignas señoras enfundadas en coloridos paños con sus niños colgados a la espalda y altos y delgados masai con su peculiar túnica roja cuadriculada, bastón y pesadísimos pendientes de aros y bolitas de colores que les estiraban los lóbulos hasta casi rozar los hombros.

Cada dos por tres el desvencijado trasto se detenía entre crujidos, y todos los pasajeros bajábamos ordenadamente para empujar. Era la única manera vadear los profundos charcos y zonas enfangadas que hacían impracticable un carril terroso, que más bien parecía una cicatriz en la sabana. Algunas veces el bus se inclinaba tanto que temí por mi vida: iba sentado cerca de una ventana sin cristales, y en caso de vuelco lateral imaginaba mi cara hundida en el lodo aprisionándome,  seis masais y señoras con niño encima. Como era de esperar, los amortiguadores terminaron reventando, y el nuestro cetáceo de chapa quedó estancado, con 110 pasajeros tirados en algún lugar de lejanos horizontes planos, a muchos kilómetros de cualquier poblado.

Por si fuera poco, llovía sin piedad. Me separé unos metros del grupo y esperé al borde de la carretera el paso de algún vehículo. Una hora después emergió un jeep y, adelantándome a los demás, tuve la suerte de hacerle parar para recogerme. Los estoicos pasajeros del autobús siniestrado corrieron hacia él, pero tuve la suerte del mzungu; ser blanco en estas latitudes ofrece algunos privilegios. Me alejé del lugar, viendo a través del mojado parabrisas trasero la resignación de los que quedaban atrás. Mis nuevos compañeros eran seis alegres tanzanos que se dirigían a Serengueti a montar un campamento para un grupo de ricachones norteamericanos. Cambié de planes para adaptarme al nuevo viaje, y en vez de ir primero a Ngorongoro aposté por llegar con mis anfitriones hasta la entrada de Serengueti, a más de diez horas de conducción. Tendríamos que pasar por el Ngorongoro Conservation Area (NCA). Al oscurecer nos quedamos a dormir en una inmunda pensión de Mto Ma Bu, el típico lugar a mitad de camino que olvidas pronto. En la despintada mesita de noche del dormitoria había una cestita de esparto con un paquetito de condón abierto y otro cerrado. Sonaba música en algún lugar, pero me encasqueté los tapones e inmediatamente cerré los ojos y viajé a mi casa. Antes de amanecer ya estábamos desayunados, y un par de horas después nos internamos en el NCA. Los vehículos ocupados por turistas no tanzanos deben pagar 24 euros (una fortuna en este país) por el sólo hecho de atravesar el NCA. Por la tarde llegamos a Naabi Hill Gate, la puerta de acceso más importante a Serengueti, un parque de más de 13.000 km2, tan grande como la provincia de Sevilla. Serengueti significa enormes explanadas sin fin y está declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Los funcionarios de la entrada me preguntaron con qué tour organizado había llegado. Les contesté que viajaba solo. Después de una larga conversación, ignoraron mis súplicas y me denegaron el acceso al parque. Dijeron que era, en mucho tiempo, el primer auto-estopista que se presentaba en el acceso al parque, sin guía ni tour. Colocaron al polizón español en el asiento de copiloto del Land Rover de un empleado que salía del parque. De mala manera me hizo bajar en Simba Camp, un recinto abierto, redondo, vacío y pelado por donde había pasado cinco horas antes, y al borde del cráter de Ngorongoro. Sentado sólo en un tronco maldecía a los tanzanos. Inesperadamente, el corazón me dio un vuelco de alegría cuando se acercó un viejo Jeep blanco en cuyo asiento trasero iban Paul (el policía galés compañero de ascensión al Kili) y su esposa Rachel. Habían contratado un tour a Serengueti, iban de camino. Intuí que quedaba en el vehículo suficiente espacio para un gorrón. Viajaban con chofer-guía y con cocinero. Tras un bocata y una animada charla recordando el frío y la escasez de oxígeno, aderezado por un poco de lloriqueo por mi parte, el británico pronunció las ansiadas palabras. Puse a su disposición mi escasa comida y mi tienda de campaña, aceptando sin dudar, mientras visualizaba con ilusión una larga y gratuita excursión. No tanto.

El sistema de parques nacionales de Tanzania esta burdamente organizado para succionar el dinero de los millonarios mzungus (cualquier turista blanco). Las tarifas diarias por estancia y acampada son tres veces más altas que para los tanzanos, sólo se puede pagar en dólares o euros y la moneda local se cambia a un tipo abusivo. Los servicios que se obtienen por el dinero son escasos y el trato recibido de los funcionarios del parque es poco cortés. Teniendo en cuenta el coste de vida en Tanzania, el dinero que pagamos es excesivo. Cada año visitan el parque más de 90.000 turistas, o 250 al día. Los responsables argumentan que los ingresos se utilizan para la manutención del Parque y la construcción de escuelas. Abonamos 24 euros por entrar o salir del Serengeti, 24 euros por cada día de estancia y otros 18 por cada noche de acampada en lugares preasignados, carentes de seguridad o servicios básicos. Calculamos que los gastos para mantener el parque son bajos, ya que un ranger (guarda-parque) cobra menos de 40 euros al mes y el parque natural está formado por extensas sabanas vírgenes, repletas de animales que llegan y se van a su antojo. La infraestructura es muy básica y está mal mantenida. Sin embargo, abonas diariamente más de sesenta euros, mas guía, cocinero, vehículo, comida etc. En términos relativos, cada día desembolsas una pequeña fortuna.

A pesar de todo, tantos inconvenientes quedan sobradamente compensados por el asombroso espectáculo y deleite para la vista que supone la concentración de decenas de miles de aves, reptiles, carnívoros y herbívoros en su estado salvaje, cazando, pastando, jugando, apareándose o interactuando en unos hábitats escasamente alterados por el ser humano.

En la gran migración al SERENGUETI se llegan a concentrar 1,6 millones de ñúes, 260.000 cebras, 440.000 gacelas, cientos de leones, antílopes, jirafas, buitres, jabalíes, hipopótamos, cocodrilos, búfalos, mandriles, impalas, hienas, chacales y cientos de elefantes, leopardos, guepardos y más de 530 especies de aves (más que en todo Norteamérica). Devoran cuatro mil toneladas de hierba diarias. No es posible imaginar tal concentración de vida y colorido sin haber estado allí.

Me dejo llevar por la descripción de Javier Reverte en su libro El Sueño de Africa:

Es el lugar del mundo donde hay una mayor concentración de fauna salvaje… Serengueti es escenario de una gran emigración, uno de los espectáculos mas fascinantes que el hombre del siglo XX puede todavía contemplar…la emigración de Noviembre y Diciembre camina detrás de las lluvias y a los herbívoros le siguen los depredadores…”. “Era el mejor cazadero del mundo, los europeos y americanos pagaban verdaderas fortunas por lograr los mejores trofeos.

En 1920, en una sola semana, dos americanos mataron en el Serengueti 323 leones desde un coche, y el hecho levantó enormes protestas entre los profesionales de la caza, lo que provocó la prohibición…a los profesionales les gustaba disparar de pie, esperando la carga del feroz felino, así era un verdadero deporte y juego limpio.

Dice el mítico cazador Hunter:

hay pocas cosas en la naturaleza más terribles que la visión de un león cargando desde el mismo momento en que arranca hacia ti a una velocidad de 65 kilómetros por hora. Un hombre que permanece en pie, a sólo 30 metros del león que carga, no puede arriesgarse a fallar. Un león adulto pesa más de 200 kilos, y si te alcanza con toda la fuerza de su carga te arrojará al suelo con la misma facilidad que un hombre arranca un champiñón con el pie. Cuando la carga viene, hay que apoyar el rifle de inmediato sobre el hombro y disparar con rapidez sobre la forma parda que se mueve con la velocidad de un torpedo. Si tu disparo acierta, a menudo el león da un salto hacia adelante y viene a caer a 10 metros frente a ti. Si el hombre falla, será afortunado si tiene tiempo para un segundo disparo antes de que el león este ya sobre él…

El Serengueti es una colección de interminables llanuras de escasa vegetación, de transición entre bosque y estepa. Un matorral aquí, un árbol allá, una mole de roca con leonas acostadas que ignoran tu presencia y miran para otro lado, vigilando su territorio y evaluando las características del próximo festín, un leopardo amodorrado en equilibrio sobre la pelada rama de un árbol retorcido y seco, una fila de elefantes arrugados que desfila despacio en línea de a uno cimbreando sus trompas, hectáreas repletas de impalas de terso pelaje marrón y largos cuernos, mezclados con esa mezcla de toro y caballo que son los ñues, de grueso cuello y pelo gris pizarra, pastan tranquilos junto a grupos de antílopes que separados salpican la sabana. Más allá, algún cocodrilo inmóvil en una charca semiseca, esbeltas y frágiles jirafas que alargan el cuello para comer de ramas altas, furtivas manadas de desgarbadas hienas de opacos ojos negros y hocico de perro. Espacio, silencio, vida y mucha paz.