JAPON | UNOS DIAS EN BEIJING

Hoy escribo desde la silenciosa y aséptica sala de ordenadores de la Nomura Medical School en Tokio. Como siempre, me han prestado un lugar en el que sentarme a escribir, en soledad. Aunque puedo ver en las esquinas del techo cámaras camufladas que probablemente me vigilan.

Como dicen los cánones, Tokio es la capital del país del sol naciente, ejemplo de orden y disciplina, pero también tierra de contradicciones. Llevo en esta ciudad impoluta sólo una semana y observo con ansiedad que mi poco dinero se derrama del bolsillo en una pequeña estampida, o como si me hubieran metido un aspirador. En Japón cobran hasta por respirar.

He accedido a este ordenador por la intermediación de Sara, una de las amistades mas oportunas que he hecho en lo que va de viaje. Desde que en Moscú empecé este largo periplo asiático, he disfrutado de grandes dosis de hospitalidad. Sirva de ejemplo:

  1. Rusia: en cada localidad que visité durante el trayecto en el Transiberiano algún ruso se ofreció desinteresadamente para enseñarme el lugar. Dentro del tren los pasajeros me acogieron con cariño y amabilidad, sobre todo Olga, la provodnitsa.
  2. Mongolia: pasé varios días en un ger en la orilla del lago Hövsgöl conviviendo y aprendiendo con la familia nómada de Bajtoir. También conocí a Batsegseg, que se ocupó de enseñarme las noches de Ulan Bator y se arriesgó al cederme una noche su oficina para redactar la crónica de Mongolia.
  3. Beijing: en el Lago Hövsgöl mongol conocí a Jules, una californiana. Con ella coincidí casualmente en la capital China. Jules investigaba con financiada por National Geographic Society. Me invitó a compartir su habitación en el lujoso hotel donde se alojaba. Ni que decir tiene que aproveché la ocasión.
  4. Tokio: ahora me alojo gratis en el apartamento de Sara, en el centro de la ciudad más grande del mundo.

Déjame retroceder algunos días, antes de llegar a Japón, para narrarte el surrealista encuentro con Sara durante mi estancia en Beijing:

Desde Ulan Bator me  volvía a subir al Transmongoliano para recorrer otros dos mil kilómetros en dirección Sureste, hasta la capital de China. Este tren es bastante más cómodo, sofisticado y caro que el ruso, y demasiado turístico. De este trayecto tengo tanto que contar como de un intercity Paris-Munich.

Beijing derrumbó muchos mitos que atesoraba sobre una China exótica y misteriosa: en esta moderna mega-urbe de más de 10 millones de habitantes hay docenas de cadenas de comida rápida americanas, centros comerciales con galerías perfumadas y música chill-out, futuristas rascacielos de acero y cristal, lujosos automóviles, gente vestida a la última moda, ejecutivos estresados, taxistas cabreados, mucho humo, prisas, salones de juego, policías uniformados y turistas por doquier. Para evadirme de tanta civilización buscaba apartados recovecos y rincones viejos y escondidos de la ciudad, pedaleando sin prisas en una vieja y chirriante bicicleta alquilada, y mezclándome como un grano de arena entre la densa marea de ciclistas que acuden aburridos a su rutina diaria.

Mis siete días en la moderna y occidentalizada Beijing no merecen más comentarios. Una semana cómoda y carente de interés, salvo una honrosa excepción: me tropecé con Sara, una joven sueca de origen coreano. La manera en que nos conocimos fue de lo más estrambótica:

Eran las diez de la noche, un día después de la partida de la americana Jules, que me había cedido una cama plegable en su habitación del Holiday Inn. Regresaba al albergue pedaleando cansinamente en mi destartalado cacharro y sumergido en el habitual mar de finas ruedas y llantas oxidadas, manillares con puños de plástico coloreado y ring-rings desacompasados. Estaba cansado. Había pasado la mañana en la abarrotada y turística Ciudad Prohibida y la tarde en el agradable y tranquilo Templo del Cielo.

De repente, la apacible marea de bicicletas se desgarró, abriéndose desordenadamente para dejar paso a una persona que corría hacia mí. Era una mujer joven con rasgos orientales. Vestía más elegante que las chinas de a pie. De su hombro derecho colgaba un voluminoso bolso nuevo y tiraba con su mano izquierda de una lujosa maleta rosa estampada con ruedas. Cuando estuvo suficientemente cerca noté que estaba azorada y tenía el gesto desencajado. Sorprendido, frené y eché pie a tierra. Con la respiración entrecortada y un perfecto inglés me explicó que acababa de llegar a Beijing, y que unos minutos antes, al subirse en el asiento delantero de un taxi y pedirle al chofer que la llevara a un hotel, éste había tratado de abusar de ella. Escapó abriendo la puerta con el vehículo en marcha.

Me tocó ser el primer occidental con el que se topaba tras el incidente. Me pidió nerviosa que le ayudara a encontrar un hostal de juventud. Le acompañé caminando hasta mi albergue de mochileros, que afortunadamente estaba cerca. Le gustó y pidió habitación. Durante los días siguientes visitamos juntos parte de la ciudad.

Creo que la historia vital de Sara es una muestra típica de la imparable, amada y denostada globalización. Nació en Corea y fue abandonada por su madre cuando solo tenía seis meses de edad, que la depositó enrollada en paños y con un chupete en el portal de una casa cualquiera en las afueras de Seúl. Tras pasar por un orfanato, fue adoptada a distancia por una joven pareja sueca que se la llevó al Norte de Suecia. Creció arropada y con todas las comodidades. Veintisiete años después obtuvo una beca para un doctorado en ingeniería genética en el departamento de neurobiología de la Nomura Medical School de Tokio. En el momento que la conocí regresaba de una semana de vacaciones en el interior de China, aprovechando un receso en la Universidad nipona. Estos sí que son bandazos vitales interesantes…