AFRICA | CARTA DESDE JOHANNESBURGO

En este momento estoy sentando delante de una pantalla de ordenador en algún lugar de Johannesburgo, en Sudáfrica. He llegado hoy desde Windhoek tras una paliza de 2.100 kms y 25 horas ininterrumpidas de autobús. Estoy bastante cansado. Muchas sensaciones y experiencias en muy poco tiempo. Adrenalina, asfalto y tierra, animales salvajes, sabana y desierto. África en estado puro.

Dicen que J’Burg (como la llaman aquí) es, junto a la nigeriana Lagos y a la somalí Mogadiscio, la gran ciudad más peligrosa del continente. La primera percepción de un viajero que llega a esta urbe de contrastes es de inseguridad, y desde el primer momento cualquiera con el que tropieces te avisará de que no es buena idea para un blanco pasear de día, y menos de noche, por tres cuartas partes de la ciudad. Los blancos viven agrupados en barrios cerrados muy protegidos. Como en cualquier otra parte del mundo, la desigualdad extrema alimenta la violencia.

Estoy a punto de finalizar la primera etapa de un largo viaje por África subsahariana. Hace meses di los primeros pasos en Nairobi, Kenia, y crucé el continente desde el Este en Zanzíbar, en las playas del Índico, hasta el furioso Atlántico sur de Swakopmund, en la costa oeste, haciendo una diagonal  descendente de nueve mil kilómetros, siempre por tierra. He viajado casi siempre en atestados autobuses y furgonetas, o haciendo auto-stop, enganchándome a conductores de camiones y pickups. He caminado mucho… incluso he volado doscientos kilómetros en una pequeña avioneta. He surcado riachuelos, marismas y lagunas durante una semana encajonado en el tronco hueco de un árbol.  Séneca escribió: el cabalgar, el viajar y el mudar de lugar recrean el ánimo. Se le olvidó decir que agotan.

Pasado mañana doce de Enero vuelo 4.600 km dirección noroeste hasta Lomé, capital de Togo, en África Occidental, cerca de Nigeria. Estoy convencido de que una buena parte de lo más espectacular del continente olvidado está escondido en algunos rincones del cono Sur. La riqueza de la fauna y la majestuosidad de los paisajes hacen que uno se sienta muy pequeño. La naturaleza desbordante en las Cataratas Victoria, la travesía en canoa por el laberinto de ríos del Delta de Okavango, la sensación de insignificancia en las dunas de Namibia o en la breve y fría sensación de poder en la cumbre del Kilimanjaro…

He sumado experiencias memorables y he gozado de la compañía de Juan y Eduardo, de Madrid y Sevilla, buenos amigos que se han arriesgado a viajar desde España para unirse a un descerebrado durante un par de semanas. También he percibido la influencia de la cultura europea en los territorios del Sur de África y he llegado a entender cómo nuestra forma de vida occidental, hipnotizante en su riqueza material y pobre en relaciones humanas y solidaridad, va contagiando a los pueblos y etnias como un virus. Considero que el epicentro local de este cáncer cultural está en las grandes ciudades sudafricanas. Ya están infectados sin remedio Bostuana y Namibia. También me desilusiona descubrir que formas descafeinadas de apartheid están aún muy patentes en Sudáfrica y Namibia. En la ex-colonia alemana la segregación racial es evidente, anacrónica y ofensiva. Los namibios acomodados (casi siempre caucásicos) manifiestan con despreocupación que el blanco europeo es rico e inteligente y el destino inevitable del negro africano debe ser la pobreza y el analfabetismo. La mayoría de los namibios tienen perfectamente asumido su papel y lo viven, o con insolencia y prepotencia o con una triste y desesperanzada  naturalidad. En un brote de pesimismo, y tras mucho leer, analizar, observar y charlar, he abandonado mis esperanzas de que en las próximas décadas el África subsahariana (salvo algunas excepciones) pueda salir adelante por sí misma. La intrusiva influencia intelectual, económica y social de occidente descafeína la milenaria cultura y tradición que ingenuamente atesora esta increíble y todavía desconocida parte del mundo. El inglés es el idioma oficial de Namibia, Botsuana, Sudáfrica y Zimbabue, eclipsando la relevancia y popularidad de los dialectos locales.

Hoy, cualquier nativo debe ser políglota si quiere emigrar o dar unos pasos fuera de su poblado. En los más espectaculares y bellos enclaves naturales, como las Cataratas Victoria, el Delta del Okavango, el Parque Nacional Hwange, Swakopmund, las dunas del desierto Namib Naukluft, el 99% de los turistas son caucásicos. Los negros trabajan para que los de rostro pálido disfruten divirtiéndose o practicando deportes de aventura, actividades que a ellos les resultan frívolas y nada tienen que ver con su lucha para sobrevivir cada día. Rafting, puenting, sand-dune boarding, excursiones en quads, pesca, safaris etc… Los nativos de color no entienden estas frivolidades porque con los cien euros que pagas por cinco segundos de caída libre desde un puente, ellos alimentan a su familia durante una buena temporada.

Dejando a un lado esta filosofía aburrida y pesimista, debo reconocer que lo he pasado cojonudamente. Sobre todo viendo como Juan y Eduardo han disfrutado de unas de la  mejores semanas de sus vidas.

Hemos corrido detrás de leones, hemos saltado al vacío desde 111 metros de altura, hemos descendido sobre una tablita de surf por uno de los ríos de aguas revueltas mas salvajes del mundo, hemos navegado en canoa por una de las reservas ecológicas mas vírgenes, levantando la tienda de campaña con cuidado de no obstruir un paso de elefantes, nos hemos deslizado en una tablita a 80 km por hora por las dunas más altas del mundo, hemos conocido la noche y los bares de moda de algunas ciudades, hemos pasado una nochevieja cantando y bailando en un concurso de misses, etc.

También he hecho varios viajes en autobús de mas de 24 horas seguidas a más de 35 grados encogido en el duro asiento de un autobús-chatarra, me han humillado y he tenido que pagar sobornos para atravesar la frontera de un país, me he enfrentado dialécticamente con un director nacional de aduanas, hemos dormido en el suelo de la choza de barro de un desconocido cuando cayó la noche sin encontrar donde caer muertos, he acudido a la policía buscando ayuda cuando nadie me recogía al borde de la carretera, han estado cerca de atacarme para robarme, he visto como a una compañera de viaje se le denegaba la entrada a un país, he visto escondido detrás de arbustos a mi guía provocar un fuego para auyentar a un par de elefantes a punto de embestir…

Decía Chesterton: la aventura podrá ser loca, pero el aventurero debe ser cuerdo.